Nochebuena

Los muelles que viven en estanques no tienen vida. Se mecen ligeramente mezcla de su propio peso y un tímido oleaje. Hubieran preferido las alegres pisadas de los niños y los húmedos cuerpos otoñales.

Llueve y es gris. El día. Qué extraño que la madera no llegue a pudrirse nunca. 

Ella lo va mirando y en su grito ahogado desearía un día nítido y un fuerte aliento en la nuca. Ella lo mira y, también, observa al agua estancada. Piensa: “Qué lástima que nada pueda ya arrastrarla”.

Los muelles que viven en estanques esperan el ímpetu de aguas oceánicas. 

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Muelles de Mamooth Lakes

Corre y no mires atrás

Era un canario y se llamaba Júpiter (deberíamos parafrasear más a menudo a Mecano). Avancemos. El canario Júpiter no había experimentado lo que significaba la palabra escapar. Vivía confinado (parafraseemos a los informativos) en una caja de alambre desde su nacimiento. Ni su nombre galáctico ni su piquito de oro (parafraseemos a Sálvame) le habían servido de absolutamente nada.

(Ya no parafrasearemos más)

Pensó que quizá había llegado el momento de recurrir a sus aros, hasta que advirtió que estos eran propiedad de Saturno. Posiblemente, el único que le valdría ahora era el que recortaba la tela de cuadros que envolvía el que era su hogar y que tan nítidamente había calcinado el cigarro de su dueño.

Este, del que apenas se tienen datos, le sacaba a pasear un par de veces a la semana con el único propósito de que Júpiter afinara su exuberante timbre. Compartía espacios en estos agradables paseos con varias bolsitas contenedoras de una hierba seca y marronosa que aparecían y desaparecían para desconcierto de su frágil equilibrio mental.

 Era canario y se llamaba Júpiter. Tenía 32 años, una jaula envuelta en tela de cuadros perforada y, metida en ella, un pájaro que no había estado nunca en el espacio.